1/12/2010
Medioambiente: el abanderado de la ciencia mexicana
Tras ganar un premio Nobel por ayudar a proteger el planeta, Mario Molina se enfrenta a un problema más difícil: tratar de limpiar Ciudad de México.
Jeff Tollefson
Los conductores de taxis han oído hablar de él. Los líderes políticos buscan su consejo. Gente a la que no conoce a menudo se acerca a darle la mano para felicitarle y mostrarle su agradecimiento. Tal es la fama de Mario Molina, químico de 67 años que se ha convertido en una especie de icono nacional en el lugar que le vio nacer, Ciudad de México.
Mario Molina
Hace más de cuatro décadas, Molina se marchó de la capital federal para estudiar un doctorado en Estados Unidos.
Su primer artículo científico tras finalizar el doctorado en 1974 alertó al mundo sobre el riesgo de los clorofluorocarbonos (CFC) y contribuyó a salvar la capa de ozono, que protege a la Tierra de la radiación ultravioleta. Más tarde, Molina se hizo acreedor del Premio Nobel de Química y se convirtió en uno de los científicos más importantes del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en Cambridge (EE. UU.). Sin embargo, hace alrededor de cinco años, los lazos personales y culturales que le unían a Ciudad de México le impulsaron a volver y pasó de la elegancia de la química estratosférica al complicado mundo de la política pública, la planificación urbana y el cambio climático.
El gran reto de Molina es ayudar a Ciudad de México en su objetivo de convertirse en la gran metrópolis más ecológica de Latinoamérica. No se trata de una tarea fácil, ya que la capital mexicana, con más de 20 millones de habitantes, era considerada hace unos años el área urbana más contaminada del mundo. Durante los años que Molina pasó en Estados Unidos, Ciudad de México realizó grandes avances y, desde su regreso, el científico también ha impulsado nuevas medidas ecológicas. Aun así, la capital todavía se enfrenta a problemas como la continua contaminación del aire, un desarrollo incontrolado y las pobres condiciones de saneamiento.
A través del Centro Molina para Estudios Estratégicos sobre Energía y Medio Ambiente, el científico ha formado un equipo para enfrentarse a estos problemas tan difíciles de tratar. Molina aprovecha la autoridad que le otorga su condición de único científico mexicano ganador de un Nobel para aconsejar tanto al gobierno como a los líderes del sector privado. A pesar de que hay quien piensa que debería ser más contundente al posicionarse, gracias a su estilo discreto se ha ganado la confianza tanto del alcalde de Ciudad de México, Marcelo Ebrard, como del presidente del país, Felipe Calderón. La labor de Molina es su forma de devolver algo al país que le ofreció oportunidades cuando estaba creciendo. Según afirma, recibir “el Premio Nobel es un gran honor, por supuesto, pero también supone una responsabilidad. Si la utilizo con acierto, podré influir en las decisiones del gobierno”.
San Molina
Molina se crió rodeado de cultura, en un ambiente privilegiado y su padre era abogado, diplomático y trabajó en la universidad. El científico recibió además una educación internacional, ya que tras estudiar en un internado en Suiza, cursó sus estudios universitarios en México y Alemania y, posteriormente, los de posgrado en la Universidad de California, Berkeley (EE. UU.). Todo ello contribuyó a que desarrollara una perspectiva internacional del mundo y una personalidad diplomática. A pesar de estar acostumbrado a asesorar a políticos, legisladores y jefes de estado sobre asuntos complejos, no hace alarde de su estatus.
“Mario posee una modestia y una humildad fuera de lo común”, según afirma Adrián Fernández Bremauntz, su colega y amigo desde hace mucho tiempo y director del Instituto Nacional de Ecología, organismo investigador del Ministerio Federal de Medioambiente, con sede en Ciudad de México. Algunos hasta se atreven con el término “San Mario” y Fernández bromea que casi se puede percibir un halo sobre la cabeza de Molina cuando habla. “Lo que él dice va a misa.”
Tras hacerse acreedor del premio Nobel en 1995, Molina se aprovechó de su libertad como profesor del MIT y comenzó a replantearse sus próximos pasos en el mundo científico. En 1999, él y Luisa Molina, su primera mujer, además de compañera de investigaciones durante un largo período, fundaron el Programa Integrado sobre Contaminación Urbana, Regional y Mundial del Aire en el MIT. Su objetivo era el estudio de las grandes metrópolis y la primera que analizaron fue Ciudad de México.
Para entonces, la ciudad ya estaba considerablemente más limpia. Entre los años ochenta y finales de los noventa, se había dejado de utilizar progresivamente la gasolina con plomo y se habían reducido los niveles de azufre en el combustible diésel. Además, en las centrales eléctricas y la industria en general se empezó a utilizar gas natural, de combustión más limpia, en detrimento de los combustibles diésel y fósiles. También se habían empezado a introducir los convertidores catalíticos y otras tecnologías de reducción de emisiones en los nuevos vehículos.
Aun así, los niveles de contaminación sobre la ciudad eran de gran magnitud. En 2003 y 2006, el matrimonio Molina organizó dos campañas intensivas de muestreo del aire en las que participaron cientos de científicos de varias instituciones estadounidenses, mexicanas y europeas1. Las campañas han generado hasta ahora más de 170 publicaciones y hoy en día los científicos disponen de más datos sobre la contaminación en Ciudad de México que sobre cualquier otra ciudad de los países en vías de desarrollo y quizá incluso del mundo.
La imagen que arrojan los datos se podría comparar a la de una caldera en ebullición. Ciudad de México está construida sobre una meseta a 2.240 metros sobre el nivel del mar, lo que hace que la radiación ultravioleta genere una gran capa de contaminación. En ella se incluyen el negro de carbono, los óxidos de azufre y de nitrógeno de los vehículos y compuestos orgánicos volátiles (COV), que provienen de los vehículos, bombonas de gas con escapes, disolventes y pinturas, entre otros (véase la figura). Las reacciones entre los óxidos de nitrógeno y los COV dan lugar al ozono, que aparece en proporciones considerables en la nube de contaminación que a menudo queda atrapada sobre la ciudad por las montañas colindantes y los cambios de temperatura.
Las campañas de muestreo del aire mostraron que, al contrario de lo que se esperaba, son los COV y no los óxidos de nitrógeno quienes controlan principalmente la cantidad de ozono que se genera sobre la ciudad. Habida cuenta de ello, las autoridades están ampliando el reglamento de contaminación del área para tener también en cuenta las emisiones de COV procedentes de fuentes específicas. Según Victor Hugo, jefe del Programa para la Calidad del Agua de la ciudad, “antes no se prestaba mucha atención al control de los disolventes. Ahora forma parte de las medidas principales en los criterios de calidad del agua que se están diseñando”.

En 2004, el matrimonio Molina se trasladó a la Universidad de California, en San Diego (EE. UU.), pero finalmente se separó tanto en el ámbito personal como en el científico. Luisa continúa con su trabajo sobre las grandes metrópolis en San Diego, en su propio instituto, llamado Centro Molina para la Energía y el Medioambiente. Mario se mudó de nuevo a Ciudad de México, donde comenzó su lucha contra la contaminación mediante la reducción de las concentraciones de azufre en combustibles. Según Fernández, la voz de Molina fue crucial para que la calidad del aire siguiera siendo un problema que tratar en un momento en el que el interés político decaía, precisamente porque las autoridades locales y federales ya habían conseguido grandes progresos. La presión continua de Molina, entre otros, ayudó a convencer a las autoridades para ampliar el uso de gasolina y diésel con baja concentración de azufre, la mayoría del cual se importa de otros países. En palabras de Hugo, ahora que la calidad de los combustibles está mejorando, México está pensando en la posibilidad de implantar nuevos estándares sobre contaminación y eficiencia en el uso del combustible para los vehículos.
Molina está muy orgulloso de estos logros, pero quita importancia a su labor. Afirma que “supuso un gran esfuerzo por parte de mucha gente y el trabajo conjunto sigue existiendo hoy en día”.
El centro situado en México que lleva el nombre de Molina está ubicado en una torre de oficinas moderna, en una colina de la parte oeste de la ciudad. Guillermo Velasco, coordinador de proyectos del centro, que conoció a Molina en Cambridge, mientras estudiaba Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard, señala los bloques de edificios que han proliferado en la última década y afirma: “La ciudad crece en horizontal, no es sostenible”.
En opinión de Molina, muchas ciudades de todo el mundo se han enfrentado a problemas similares, pero México se enfrenta además a la carga añadida de la corrupción generalizada, la pobreza acuciante y la escasez de recursos del gobierno para enderezar la situación. Una vez que se han establecido, es difícil controlar las poblaciones de chabolas. Incluso en las zonas más ricas, las constructoras compran las tierras por precios bajos y construyen sin restricciones. Según Molina, “esto no ocurriría si existiera una buena planificación urbana y se establecieran medidas legales cuyo cumplimiento se pudiera vigilar”.
Fundó su centro para ayudar a diseñar políticas que hicieran Ciudad de México más sostenible. El centro empezó siendo pequeño y estaba compuesto por Molina y algunos de sus colegas de la Universidad de México y Berkeley. Parte de la financiación inicial provenía de la Fundación William y Flora Hewlett, con sede en Menlo Park (California, EE. UU.) y de Carlos Slim, magnate mexicano de las telecomunicaciones. En los últimos cinco años, el centro se ha ampliado a alrededor de 45 personas, entre ellos, ingenieros medioambientales, arquitectos, urbanistas y biólogos.
El equipo está impulsando un cambio de política en varios frentes. Apoya, entre otras medidas, la expansión del transporte público, la existencia de barrios de uso mixto que permitan a la gente vivir cerca del trabajo, cambios fiscales para evitar el crecimiento urbano descontrolado y la integración de la planificación dentro de varios niveles de gobierno. Molina y su equipo están llevando a cabo una serie de estudios acerca de la sostenibilidad regional, el primero de los cuales se espera para comienzos del año que viene.
Esta y otras iniciativas tienen por objeto ayudar a las autoridades a llevar a cabo más medidas medioambientales; entre ellas, conseguir una reducción del 12% de las emisiones de gases de efecto invernadero entre 2008 y 2012 (uno de los objetivos de la ciudad). El cambio climático se ha convertido recientemente en una prioridad en México. Ebrard es presidente del Consejo Mundial de Alcaldes sobre el Cambio Climático, que va a acoger una reunión sobre el clima en Ciudad de México el 21 de noviembre, una semana antes de la Cumbre Internacional sobre el Clima que se celebrará en Cancún (México).
Sin embargo, el centro Molina tampoco se ha librado de críticas y polémicas. Hay quien sospecha que el centro está llevando a cabo labores de consultoría para empresas privadas como PEMEX, compañía petrolífera propiedad del Estado, en lugar de conservar su independencia. Molina viaja por todo el mundo para atender sus múltiples compromisos internacionales, como participar en el Consejo de Asesores sobre Ciencia y Tecnología de Barack Obama y trabajar a tiempo parcial en la Universidad de California, San Diego. Los fundadores y miembros del consejo asesor del centro, entre los que se encuentra Fernández, le han sugerido que asuma un papel más activo en su dirección.
Molina es consciente de estas críticas y está trabajando en una revisión estratégica del centro. Según él, el centro nunca ha utilizado sus datos a favor de ninguna empresa cuando ha colaborado con el sector privado, algo que por otra parte considera necesario e importante. No obstante, afirma, el centro realiza cada vez menos trabajos de consultoría remunerados. El Congreso mexicano ayudó a que el centro tomara esta medida, al financiarlo con 50 millones de pesos (3 millones de euros) en 2010 y con ello aumentar al doble su presupuesto.
La marca Mario Molina
Según Joseph Ryan, antiguo responsable de programas de la Fundación Hewlett, que financió el centro entre 2004 y 2009 con cerca de 3 millones de euros, “el centro Molina tiene el potencial para ser una de las dos o tres instituciones con más credibilidad en el ámbito de la energía y las políticas medioambientales en los países en vías de desarrollo”. No obstante, según Ryan, el centro sigue estando demasiado vinculado a su fundador y debe intentar desarrollar su propia credibilidad “al margen de la marca Mario Molina”.
Molina comenzó a crear esta marca en 1973, cuando llegó a la Universidad de California, en Irvine (EE. UU.), con una beca posdoctoral para trabajar con el químico Sherwood Rowland, ganador del Premio Nobel. Éste le ofreció varios proyectos, la mayoría de los cuales se centraba en sus propios análisis sobre las moléculas radiactivas, pero en la lista había un proyecto muy distinto a los demás: se trataba de una investigación sobre el futuro de una clase de productos químicos comerciales cada vez más importantes, los CFC, que se usaban como refrigerantes y propelentes en los aerosoles. Rowland pensaba que los compuestos podrían servir para labores de seguimiento en investigaciones atmosféricas. Molina optó por el proyecto de los CFC, atraído por la posibilidad de que su trabajo se pudiera aplicar en el mundo real.
Según Rowland, “desde luego, eligió el proyecto adecuado y su labor fue decisiva para que tuviera éxito. Después de tres meses, nos dimos cuenta de que estábamos ante algo grande”.
Los CFC eran muy populares en los productos comerciales porque aparentemente no reaccionaban con otros gases. Sin embargo, tras caer en la cuenta de que dichos compuestos químicos se acumularían gradualmente en la atmósfera, los dos científicos llegaron a la conclusión de que los CFC se romperían debido a la combinación de aire frío y una intensa radiación ultravioleta en la parte superior de la atmósfera. Estas reacciones liberarían átomos de cloro que a su vez podrían romper las moléculas de ozono. Molina y Rowland publicaron sus resultados en Nature2 en junio de 1974.
Este trabajo contribuyó a que Estados Unidos prohibiera el uso de los CFC en los aerosoles en 1978 y, finalmente, a que se dejaran de utilizar en todo el mundo tras aplicarse el Protocolo de Montreal relativo a las sustancias que agotan la capa de ozono. El artículo que escribió en 1974 junto a Rowland también ayudó a Molina a centrar sus investigaciones. El estudio de la atmósfera le permitiría seguir en contacto con la química fundamental, en la que estaba muy interesado, “pero estaba también muy ligado a un campo aplicado”, según explica.
En 1985, investigadores británicos demostraron que el ritmo al que desaparecía el ozono sobre la Antártida era mucho mayor del que se podía explicar mediante las reacciones propuestas por Molina and Rowland. Mario y Luisa Molina, que entonces trabajaban en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA en Pasadena (California, EE. UU.), se unieron a la lucha por explicar el agujero de la capa de ozono. “Fue uno de los más caballerosos en la pelea”, afirma Michael Prather, químico experto en cuestiones atmosféricas de la Universidad de California, en Irvine.
Dos años más tarde, el matrimonio Molina y sus colegas dieron con la respuesta, proponiendo que existía un proceso por el que las moléculas de cloro se reciclaban y destruían el ozono repetidamente. Al comienzo del proceso, un átomo de cloro capta un átomo de oxígeno de la molécula de ozono (O3), para formar el monóxido de cloro. Este compuesto, de gran reactividad, reacciona consigo mismo formando el dímero Cl2O2. Cuando llega la primavera en la Antártida, los rayos del sol rompen los átomos de oxígeno liberando dos átomos de cloro, con lo que el proceso vuelve a comenzar de nuevo, en un ciclo sin fin4.
Aunque Molina se hizo acreedor del premio Nobel por su trabajo en 1974, algunos científicos consideran que fue este descubrimiento, en el que se adelantó al resto de la comunidad científica que también buscaba la solución, el que realmente dio brillo a sus méritos como científico. Molina resta importancia a su éxito, cuya receta fue, según él, un poco de suerte, intuición y mucho trabajo. “Parte de la suerte consiste en elegir el problema adecuado, pero después hay que sacar provecho de ello.”
En opinión de Prather, Molina tiene una gran habilidad para distanciarse de los detalles químicos y pensar en los problemas de índole más global que afectan a la sociedad. No le sorprendió que Molina decidiera analizar la atmósfera en Ciudad de México. “Todos sabíamos que, en el fondo, sus lazos le seguían uniendo a México.”
“Mi consejo es que de vez en cuando dé un buen tirón de orejas al gobierno y ejerza más presión.”
A comienzos de septiembre, Molina ofreció una conferencia de 45 minutos como experto invitado en la Asociación de la Banca Mexicana, situada en Ciudad de México. En la organización de este acto colaboró la Iniciativa Financiera del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, como anticipo de la Cumbre sobre el Clima de noviembre. Molina abordó el cambio climático desde un punto de vista científico sin llegar a defender políticas concretas, como han comenzado a hacer otros investigadores. Tras la charla, Burghard Petersen, antiguo banquero y consultor especializado en cuestiones de clima, procedente de Alemania pero residente en México desde hace 19 años, señaló que Molina “ofrece credibilidad, no pretende vender nada”.
Aun así, algunos piensan que debería defender sus ideas con más ahínco. Según Fernández, “Mario ha elegido un enfoque muy amistoso, moderado y constructivo. Si quiere conseguir sus metas, mi consejo es que de vez en cuando dé un buen tirón de orejas al gobierno y ejerza más presión”.
Consejos constructivos
En su despacho, Molina explica que prefiere construir coaliciones desde dentro a utilizar la prensa y su posición de autoridad para presionar a los políticos. Tiene la prudencia de no revelar sus inclinaciones políticas y ha establecido lazos con partidos que se encuentran a ambos lados del espectro político mexicano. Los asuntos que conciernen al medioambiente son mucho menos partidistas en México y en muchos otros países en vías de desarrollo que en Estados Unidos y Molina quiere que siga siendo así.
Detrás de la mesa de trabajo de Molina, en la pared, un cuadro pintado en acuarela muestra un paraguas abierto de tonos claros, obsequio del comité de los Premios Nobel, que simboliza la capa de ozono que Molina ayudó a salvar. Reconoce que no es probable que los problemas sociales y políticos en los que trabaja actualmente tengan una solución tan fácil como la que obtuvo para la estratosfera. Hay días en que puede ver el centro de la ciudad de México desde su ventana, pero hoy la contaminación se lo impide, una clara indicación de lo mucho que queda por hacer.
Optimista por naturaleza, Molina lo mira con perspectiva y afirma que la civilización, en general, está mejorando. Explica que hace sólo 500 años, durante la época Azteca, se sacrificaba a la gente desde lo alto del templo de la ciudad.
“Hoy eso sería inconcebible –dice con una sonrisa–. No soy un ingenuo, sé que llevará tiempo, pero estamos afrontando parte del desafío y haciéndolo lo mejor que podemos.”
Referencias
1. Molina, M. J. & Rowland, F. S. Nature 249, 810-812 (1974).
2. Farman, J. C., Gardiner, B. G. & Shanklin, J. D. Nature 315, 207-210 (1985).
3. Molina, L. T. & Molina, M. J. J. Phys. Chem. 91, 433-436 (1987).
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